lunes, 15 de diciembre de 2014

pienso si esto podrà ser una novela



LA CASA DE PIEDRA


La vista era  realimente espectacular. Esa gran casa de piedra que asomaba- así parecía desde lejos-, al borde de aquél acantilado que perpendicularmente caía al oscuro y azul mar, casi siempre de agrio carácter, era realmente de una gran belleza. Sin  embargo, no estaba precisamente al borde, aunque eso pareciera a la distancia.  La casa se encontraba al centro de una especie de patio también de piedra que la circundaba, pero de un hermoso color claro que contrastaba con el gris de las paredes,  y al borde de este, un muro con altura suficiente para que hasta un niño de diez años pudiese contemplar el mar. Para proteger a quien se asomara, y al mismo tiempo poder disfrutar del paisaje, una verja de grueso hierro labrado en color negro, daba también la vuelta en círculo sobre el muro. Esto permitía que chicos y grandes pudiesen por igual disfrutar, -cuando el tiempo era propicio-, de la hermosa vista y la fresca brisa, que se volvía particularmente agradable en primavera y verano.

En aquél patio que rodeaba la casa, un jardín cuidado esmeradamente con diseminadas formas de círculos, rectángulos y otras figuras geométricas, las plantas, unas verdes, otras con flores, e incluso hermosos rosales cuando era su tiempo, mostraban el esplendor de su belleza.

Todo el exterior de la casona era de piedra gris, pero no de un gris uniforme, sino en distintos tonos, como si el material hubiese sido traído de diferentes lugares. Al frente, especialmente el área que rodeaba la gran puerta de caoba, se le habían colocado formando distintas figuras realizadas con mucha creatividad, piedras del mismo color que las del patio, lo cual le daba un aspecto señorial, elegante, como de pequeño castillo. Sobre la puerta de entrada se: leía: año de 1916. Según afirmaban los mayores, era la fecha en que la mansión  terminó de construirse: en el pleno periodo de La Gran Guerra.

Desde un relativamente corto desvío de la carretera, se llegaba a la casa por una entrada privada que llevaba directamente a la puerta principal. La parte posterior, quedaba disimulada por el mismo muro que la rodeaba, y cuyo único acceso visible desde la calle, era precisamente ese que desembocaba en el jardín. Al lado derecho, una especie de pérgola, pero techada debidamente con teja rústica, acogía los automóviles, tanto de propios, como de visitantes.

A unos quinientos metros de distancia, otro acantilado ubicado paralelamente y casi idéntico, pero este con una cresta completamente salvaje, en la que incluso podían apreciarse algunos pinos, habían formado con el pasar de los milenios, una tranquila bahía de cálidas y transparentes aguas, que contrastaban con el perpetuo rugir del embravecido mar que rompía lanzas permanentes contra los pacientes acantilados, y que se coronaba con una playa de arena prácticamente blanca, que el arrecife en su boca de entrada había construido pacientemente con los finos desperdicios de sus criaturas.

La grandiosidad de esta mansión no se limitaba solo a su exterior. Como era de esperarse, en su interior se usó el mismo criterio de darle a lo bello y elegante el lugar que le correspondía, sin embargo, quien la construyó, o mejor dicho, quien la ideó, no perdió de vista ni por un segundo que antes que cualquier otra consideración, era un hogar en el cual vivirían  personas, no un museo donde los objetos y las habitaciones parecieran ser solo para ser vistos y admirados.

El gran salón de la entrada, como casi todas las áreas, tenía una enorme chimenea. En el segundo piso se apreciaba una especie de galería también formando un semicírculo, donde se encontraban dormitorios, algunos baños y saloncitos y bordeada por un barandal trabajado en finas maderas,  pero la gran escalera que cualquiera pudiera imaginarse al entrar, que estaría ubicada al frente desafiando al visitante, en este caso permanecía fuera de la vista de quien accediera al salón  principal desde la puerta de entrada. De hecho eran dos, a cada extremo de la galería, que daban la opción de subir y bajar por cada una de ellas, dependiendo en que parte se encontrara la persona, o hacia donde se dirigiera y que aunque eran hermosas, de la misma madera que el barandal, no llamaban particularmente la atención.

Un arco a la izquierda llevaba al comedor y tras otra puerta de caoba, a la derecha,  se encontraba la biblioteca. Ni los ruidos, ni los aromas de la cocina, llegaban jamás a estas áreas.

Por allí disimulados en esta planta baja, sabrá Dios donde, había también un par de salas de baño.

Los muebles y la decoración de muy buen gusto,  tenían un aire más bien con sabor a campo, y una que otra obra pictórica ornaba las paredes, pero era evidente que se había insistido en obviar lo más posible lo ostentoso, sustituyéndolo por lo acogedor e íntimo,  a lo cual contribuía de manera muy eficiente la radiante luz que entraba por los ventanales, protegidos con contraventanas para el frio invierno y los vientos que seguramente allí se sentirían con fuerza en esa época del año.

Lo cierto era que Leonardo Sirenio Campa ya había llegado a su casa a la que regresaba después de más de cinco años de ausencia absoluta.

En la penumbra, intentó a reconocer lo que le era tan familiar. El lugar de su infancia, de sus padres, de sus hermanos y hermanas. Una historia que por sí sola daría para escribir una obra maestra, y aunque sabía que no tenía las dotes para ello, muchas veces había pensado que valdría la pena contársela a alguien que tuviera la facultad de convertirla, cuando menos, en una buena novela.

Al ir encendiendo las luces, pues comenzaba a oscurecer, tuvo ganas de gritar: ¡ya llegué!, pero bien sabia que nadie le respondería.

Dejando tras de sí todo alumbrado, comenzó a subir la escalera de la derecha hacia su dormitorio, cargando solo la maleta de mano. Como imaginaba, todo estaba completamente igual. Eso sí, muy limpio, como esperando que el dueño hiciera su aparición de un momento a otro.

Sus órdenes habían sido cumplidas, cuando dijo: quiero que  la casa esté siempre preparada como para recibir invitados. Que no se la descuide, aunque ni Uds. ni yo, sepamos cuando vaya a volver… si es que vuelvo.

Cuando Quintín salió en la mañana a regar las plantas y a barrer un poco las hojas que inevitablemente, fuera otoño o verano, siempre había en el patio, supo que el dueño de casa  había llegado. Corrió a llamar a su mujer: ¡Loreto, Loreto!, el amo Sirenio ya llegó.

                                    .......
 
                             ¿Donde estuvo todos estos años Leonardo Sirenio Campa?



                            Y,  ¿porqué habrá regresado?

                                  .........





sábado, 6 de diciembre de 2014

DE MI LIBRO: MI ABUELA Y SUS OCURRENCIAS



 








                         EL SASTRE Y EL ZAPATERO 

Ya no soy el que fui. Recuerdo que siempre te burlabas, llamándome héroe o Don Quijote, según fuera la pedrada. Pero esos tiempos ya pasaron. Ahora me preocupo solo de mi mismo; de mis asuntos. Los problemas ajenos dejaron de tener importancia. Tenías razón cuando me advertías que más tarde o más temprano, ese afán de ayudar... o de meterme donde no me llamaban, como solías decirme, iba a tener alguna consecuencia; y si, lo reconozco, tuviste razón.

Don Román parecía hablar consigo mismo, más que estar haciendo una reflexión, y aun menos, dándole alguna explicación a su hermano Tomás, que cosía y cosía los zapatos que tenía que terminar para entregar esa misma tarde, y quien hasta el momento no había dicho ni esta boca es mía.

Eran dos hombres ya adultos; apenas Don Román con un par de años más que Don Tomás, pero por esas cosas de las costumbres, le había tocado hacer siempre de hermano mayor, así que a pesar de la confianza y el cariño que se tenían, el zapatero omitía –por respeto -lo que pugnaba por salir de su boca: ¡te lo dije!

Ya me voy, dijo el mayor, también yo debo terminar una chaqueta que viene a buscar al rato el Presidente Municipal, que tiene no se qué compromiso político esta tarde...
--¡Compromiso político! - rumió Don Tomás, sin levantar sus ojos del calzado - ¡ese sinvergüenza!

¡Y sí que lo era! El tal Presidente Municipal, el Lic. Pellicer, como se hacía llamar pomposamente, bien sabía todo el mundo que había llegado allí por los buenos oficios de los hermanos antes mencionados, pero muy particularmente, por el soporte incondicional del sastre, hombre respetado por toda la comunidad, quien lo sostuvo durante su campaña, confiando en que sería de provecho para el pueblo contar con un joven nacido allí, y a quien debido a su orfandad habían apoyado – él particularmente – para que al concluir sus estudios de derecho viniera a desarrollarse profesionalmente en beneficio de sus conciudadanos, que bien necesitaban de juventud preparada.

Pero sus ambiciones políticas fueron superiores a cualquier otra consideración. Trataba de convencer, tanto al sastre como al zapatero, diciéndoles que “siendo alcalde puedo ayudar más a nuestro pueblo; mejor de lo que lo haría desde otra posición”. Don Román se dejó engatusar, quizás porque lo veía como a un hijo – al no tener propios – pero a Don Tomás, jamás lo convenció.  Como él decía: no me trago la labia de ese tipo, que a leguas se ve que es un hipócrita; no sé porque eres tan ciego, se atrevía a reprocharle a su hermano,  el cual callaba.

¡Y tuvo razón! Poco tiempo después de haber sido nombrado Alcalde del muy noble pueblo de El Llanito,  se vio clarito como sus intereses estaban alejados de lo que significara ver por los más desprotegidos, todo lo contrario, se había parcializado de forma evidente favoreciendo los de un terrateniente, quien desde hacía años usaba cualquier triquiñuela legaloide para hacerse con las pequeñas parcelas de los que caían en desgracia, pagándoles dos centavos por lo que había sido su vida.

El sastre decidió, a pesar de sus propósitos de no volver a intervenir en asuntos ajenos -pero seguramente sintiéndose responsable por haber ayudado a ponerlo allí - hablar por última vez con “ese muchacho”, como le decía, aunque el susodicho ya sobrepasaba los treinta. Y así lo hizo.

Mientras Pellicer se veía en el espejo, pavoneándose con su nueva y elegante chaqueta,  Don Román comenzó.
-        ¿Si te das cuenta de lo que estás haciendo?
-        ¿A que se refiere señor? (eso sí, el respeto por delante)
-        Sabes bien a lo que me refiero. A la mala manera como le arrebataron su parcela al pobre Juan, que salió del pueblo cargando en una carreta sus pocas pertenencias, después de tantos años de trabajo... A la forma dudosa como tus amigos se hicieron con su tierrita –y las de otros, lo cual tu avalaste.
-          ¡Pero todo fue legal...
-       Sí, claro!, hay muchas formas de “volver legales” las trampas... Escúchame bien: a partir de este momento no cuentas más ni con mi hermano ni conmigo,  y acuérdate que tres años pasan volando. Si soñabas con la reelección, vete apeándote de la mula... ¡Ah!, y en la ceguera en la que te has dejado atrapar por tu soberbia, que te impide ver tu propia y alzada nariz, no olvides – agregó -, que todos aquí, incluso los más pobres, ayudaron para que finalizaras tus estudios.

Pellicer tomó su hermosa chaqueta de pana, pagó lo que le pidieron, y calándose sus elegantes gafas de sol, salió de la sastrería sin decir  palabra.

Don Román jamás se dio por aludido de haber sostenido esta conversación, pero por diversos detalles –que en un pueblo pequeño no pasan desapercibidos - fue muy evidente que tanto él como su hermano, habían dejado de darle su apoyo al joven alcalde.

La vida continuó con la lentitud usual. El sastre se había propuesto bajarse del viejo corcel de hidalgo chiflado, enderezador de causas perdidas, y dejar que los molinos de viento fueran solo eso, y no enemigos a vencer a toda costa.
Así que aunque la sastrería continuaba siendo el lugar donde acudían los que tenían algún problema, él escurría el bulto lo más que podía cuando venían a pedirle opinión para cualquier asunto, y más si eran quejas sobre el tal Lic. Pellicer, que por lo visto, seguía haciendo de las suyas.
Pero un día - ¡lo que son las cosas! - fue el propio Pellicer el que dejó caer por allí su humanidad, como quien dice, con el rabo entre las piernas.
-        Don Román...
-        ¡Vaya  sorpresa! ¿qué se te ofrece?
-        Tengo demasiados problemas, y necesito su consejo.
-        ¿Sabes que Pedro? - porque así se llamaba-, es un propósito de vida que me he hecho, el no intervenir mas en asuntos ajenos. Ya tu estas grandecito y sabes qué hacer...
-        Señor, por favor... Ud. ha sido como un padre para mí... No me atrevo a acercarme a nadie más con algo tan personal. Necesito que me escuche.
-        Está bien, habla; mirándolo severamente.
-        Me he quedado solo señor. La gente me rehúye... si no me niegan el saludo, es por puro compromiso.
-        Y no me dirás que no sabes a que se debe.
-        Sí, claro que lo sé, y es por eso que necesito que me ayude... Reconozco que perdí piso, que me dejé llevar por la soberbia, por el poder, y me olvidé de los que realmente siempre fueron mis amigos.
-        Y bien, ¿qué puedo hacer yo?, porque si lo que pretendes es que de nuevo te apoye para lograr tu reelección, de una vez te digo que ni lo sueñes.
-        No, le juro que no es esa mi intención, todo lo contrario, no  pienso volver a contender, pero creo que aún me queda tiempo para remediar, aunque sea en parte,  algunos errores garrafales que he cometido, y para eso deseo contar con Ud.
-        Dime, pues.
-        Aun existen unos terrenos que son públicos y que están bien situados. Quisiera que me apoyara para que la Junta del pueblo permita que se puedan destinar a la siembra, y vendérselos con créditos largos, a los cuatro vecinos contra los cuales yo intervine para que fueran despojados de sus pequeñas parcelas. Porque si, reconozco que eso fue; un despojo amparado en trucos legales.        Se de cuales terrenos hablas, y la verdad que están desperdiciados, y mejor que sean para la siembra y no para que venga algún desarrollador pretendiendo adquirirlos para otros usos. Y claro que para esto puedes contar conmigo, y estoy seguro que también con mi hermano. Así que ya tienes dos votos de la Junta.
          
Le comentaba tiempo después Don Tomás a Don Román.

-         Definitivamente, que noble es la gente, bastó solo un año de buen comportamiento del “Lic. Pellicer”, para que el pueblo entero se volcara a pedirle que se reeligiera como alcalde... ¿Y tú,  hermano, lo vas a apoyar de nuevo?
-        Mira Tomás, yo pienso que hay que darle una nueva oportunidad a las personas, especialmente si son jóvenes, y creo que Pedro Pellicer Pérez aprendió su lección. ¿Quién te dice que no sería peor el bueno por conocer, que el malo conocido?
-        Definitivamente Román, a pesar de tus propósitos, aún sigues en tu viejo y renco caballo, luchando contra los molinos de viento.
   
Hablando en baja voz, y sonriendo socarronamente, el sastre murmuró para sus adentros;  no cabe duda que tenía razón quien dijo: genio y figura, hasta la sepultura...

                                     ADELFA MARTÌN