1ra. parte
El cansancio no era poco y sabía que el sueño le vencería en medio de la nada. Llevaba sabrá Dios cuantos días caminando, sin apenas haber probado otro bocado que aquél pedazo de pan que le obsequió otro ser solitario como el, que se encontró en el camino, y quien sin apenas mover los labios, le señaló con su mano levantada la ruta a seguir.
Perseguía seguramente quimeras, pues a pesar del ímpetu conque comenzó su travesía, después de meses de vagar sin rumbo de un lado al otro por aquéllos inhóspitos parajes, tenía casi perdidas las esperanzas de encontrarse con ese país de ensueño, de princesas y guerreros del que le había hablado su abuelo cuando niño, y que el aceptaba como cosa cierta.
Cuando se sentó a descansar, apenas oscureciendo, retomó cada una de las palabras con que ese ser tan querido para él, le contaba sus aventuras. Recordaba la fiebre que salía de sus ojos, que relumbraban como brasas en la semioscuridad de su habitación cuando le narraba sus vivencias. Había decidido llegar hasta las últimas consecuencias. No le cabía ninguna duda: su abuelo le decía la verdad, y el estaba comprometido a demostrarlo; muy especialmente a redimir su nombre, a quien algunos de los familiares miraban con cierto aire despectivo, tachándole de loco.
Le hablaba del gran halcón, el ave entrenada para remontar las altas montañas que rodeaban el reino, y que avisaba siempre, sin excepción alguna, cuando personas desconocidas se acercaban demasiado, pues olvidaba mencionarles que ellos eran sumamente celosos de dar a conocer sus secretos, que tal vez –pensaba el joven– no serìan para tanto, pero que para los habitantes del mágico lugar, eran asunto de vida o muerte.
La Tierra del Halcón Dorado, así la denominaba su abuelo.
Se levantó muy temprano, y después de tomar el último sorbo que le quedaba, se decidió a iniciar la subida de la alta montaña que tenía ante si, y que según el caminante que se había encontrado, era tras ella donde hallaría lo que buscaba. Esperaba que dentro del espeso verdor frente a sus ojos, hubiera también agua y algo para comer.
El entusiasmo le dio fuerzas para comenzar el ascenso. Algunas horas después, sintió el inconfundible rumor de lo que parecía ser un riachuelo o una pequeña cascada. Sacando fuerzas de flaqueza apresuró el paso…
¡Oh maravilla! Lo que tenía en frente lo dejó sin aliento. Una fuente deslizaba el agua mas clara y cristalina que había visto, formando un gran charco. Con rapidez que lo asombró, se sacó su calzado polvoriento y así, vestido como estaba se metió en el, y mientras se echaba agua por encima y tomaba de la que escurría por las piedras haciendo un cuenco con sus manos, reía estrepitosamente. Al alzar la mirada, su asombro se convirtió en agradecimiento, pues varios árboles frutales circundaban el entorno de aquél maravilloso paraíso.
Una vez saciado, se recostó en un pequeño rellano, por donde alcanzaban a penetrar discretos rayos de sol…Casi a punto de quedarse dormido, podría jurar que sintió el inconfundible gañido de un halcón...
Al despertar había perdido la noción del tiempo, pero por la posición del astro rey, casi vertical sobre su cabeza, imaginó que era el medio día del día siguiente.
Recomenzó la subida con renombrados bríos, y como no tenía idea exacta de a que altura estaba, se proveyó de suficiente agua y algunas piezas de fruta, pensando que seguramente le alcanzarían, si no encontraba otro lugar similar al que estaba dejando; además, se dijo, peor de lo que lo he pasado…imposible.
Llegó a la cima, pero la noche era muy oscura y no le permitía ver hacia abajo, a pesar de que la luna iluminaba todo alrededor con una claridad inusual que parecía de día. Buscó un rincón abrigado donde recostarse, y antes de que el cansancio lo rindiera, estaba seguro de haber escuchado nuevamente el gañe del halcón… ¿sería posible?
Amaneció completamente descansado y se puso en pié de un salto, mirando afanosamente hacia las faldas de la montaña. Apenas comenzaba a clarear y las nubes no dejaban ver con nitidez, pero le pareció distinguir tonos dorados que se reflejaban con la luz de un sol aún tímido.
Comenzó a descender alegremente, pues por su experiencia en estas lides –algunas veces había hecho montañismo con sus amigos – sabía que era más fácil la bajada. Trató de buscar algún camino, alguna vereda que indicara que era un lugar transitado por hombres o animales, pero no le fue posible. No llevaba ningún machete, por lo que se encontraba a veces con dificultades para avanzar, tal como le había sucedido del otro lado, pero no tenía prisa. Aun le quedaba suficiente provisión de agua y algunas frutas. Inesperadamente, tal vez distraído por su afán de vislumbrar lo que hubiese mas abajo, tropezó con una enorme raíz y sin encontrar donde sostenerse, comenzó a rodar, a deslizarse cada vez a mayor velocidad, mientras veía que se acercaba lo que le pareció era el final del endiablado camino que iba haciendo con su cuerpo. Milagrosamente, logró aferrarse a una rama que caía casi hasta el suelo, justo a tiempo, y a pocos metros de la orilla de un despeñadero sin fondo.
Completamente molido, con raspones, sangrando de las rodillas y las manos, amén de alguna cortada en sus brazos, logro ponerse en pié y caminar hasta el borde de lo que iba a ser sin duda su final, pero realmente no se alcanzaba a calcular su profundidad, pues se interponía una espesa neblina. Sin embargo, si podía escuchar un fuerte murmullo de agua; seguramente un río.
Decidió hacer un alto en el camino, ya que además del cansancio le dolía todo el cuerpo. Descansaría un poco, y si acaso se le hacía tarde, pasaría allí la noche, retomando su viaje al amanecer. Buscó nuevamente un lugar apropiado entre la hierba que crecía mullida y frondosa, tomó algo de la poca agua que le quedaba, y justo cuando estaba colocando su cabeza sobre unos ramajes que se había agenciado como almohada, escuchó otra vez el gañe de un halcón…¡tenía que ser!, no podía confundirse tres veces.












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